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VIIº Concurso Internacional de Literatura 2025
"Francisco De Paula Luque Cabello" |
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Primer lugar: "Gaiferos de Madera, Caballero de Ninguna Parte", de don Freddy Cancino Berríos.
Segundo lugar: "El Último Cabalgar de Don Quijote", de don Renato Alejandro Huerta Tapia.
Tercer lugar: "Don Quijote en la Alhambra de 1936", de don Miguel Ángel Rojas Pizarro.
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(de izquierda a derecha) 2° Renato Alejandro Huerta Tapia - 3° Miguel Ángel Rojas Pizarro - 1° Freddy Cancino Berríos
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RAZONES DEL JURADO
PRIMER LUGAR "Gaiferos de Madera", Caballero de ninguna parte Se otorga el primer lugar al cuento Gaiferos de madera, Caballero de ninguna parte por su excelente uso del lenguaje, su profunda vinculación con el mundo cervantino, su fino sentido del humor y su impecable desarrollo de los cinco elementos esenciales de un buen relato: personajes, ambientación, trama, conflicto y tema. Además, destaca por recuperar con sensibilidad y belleza el antiguo oficio de los titiriteros —hoy casi perdido— mediante una narración plástica, emotiva y honesta.
SEGUNDO LUGAR "El último Cabalgar de Don Quijote" La obra galardonada con el segundo lugar logra una profunda reinterpretación del mito cervantino mediante un lenguaje poético, una reflexión filosófica de gran hondura y una atmósfera melancólica que entrelaza sueño y realidad. El cuento capta la esencia del ideal quijotesco —la fe en lo imposible— y la confronta con las tensiones de la modernidad. Su prosa simbólica convierte la muerte en una última cabalgata hacia la trascendencia, mientras que la relación entre Don Quijote y Sancho alcanza aquí una madurez emotiva que subraya la dignidad de la locura y el poder redentor de la imaginación.
TERCER LUGAR "Don Quijote en la Alhambra de 1936" El tercer lugar corresponde al cuento Don Quijote en la Alhambra de 1936, distinguido por sus altos valores literarios y simbólicos. La obra fusiona magistralmente la tradición cervantina con la historia contemporánea, situando el ideal quijotesco en el contexto dramático de la Guerra Civil española. Su prosa poética y evocadora construye una atmósfera donde mito y realidad dialogan con fuerza ética y belleza estética. Destacan su profundidad moral, la defensa de la palabra frente a la violencia y su lectura humanista de Don Quijote como símbolo universal de justicia, memoria y resistencia ante la barbarie.
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Para integrar el jurado fueron invitados los escritores Ángel Olgoso, Marina Tapia e Iván Contardo.
Ángel Olgoso, escritor español nacido en Granada en 1961, es un referente en el relato breve y el microrrelato. Estudió Filología Hispánica y forma parte de diversas instituciones literarias, entre ellas la Academia de Buenas Letras de Granada. Su obra, de matiz fantástico, poético y metafísico, destaca por su precisión y hondura. Entre sus libros más conocidos se encuentran Los demonios del lugar y La máquina de languidecer.
Marina Tapia, poeta chilena nacida en Valparaíso, es ampliamente reconocida por su exploración de temas como la identidad, el exilio, la memoria y el feminismo. Su lenguaje es lírico y simbólico, y entre sus publicaciones sobresalen 50 mujeres desnudas e Islario. Ha participado en diversos festivales literarios y es una voz relevante en la poesía chilena e hispanoamericana.
Iván Contardo, poeta y pintor chileno, también nacido en Valparaíso, une palabra e imagen para indagar en la introspección, la existencia y la transformación. Su poesía es íntima y emotiva, y su pintura, simbólica y complementaria. Es autor de Otras Voces / Cuando hablan las cosas. Con estudios en pintura, educación de ciegos y teología, preside la Fundación Casa del Pan y coordina tertulias literarias. Con el fin de asegurar imparcialidad en la evaluación, los cuentos fueron recepcionados por don Gastón Centeno Pozo, director del Centro Cultural Andaluz, quien los remitió de manera anónima a cada uno de los miembros del jurado. Reunidos de forma virtual, acordamos evaluar cada narración conforme a los siguientes criterios: Relación con el universo y los personajes del Quijote Capacidad creativa del autor
A continuación les damos a conocer los tres relatos.
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"Gaiferos de Madera, Caballero de Ninguna Parte", de don Freddy Cancino Berríos. (primer lugar)
¡Oh días de gloria aquellos en que yo, Gaiferos, caballero sin mácula (aunque con alguna fisura), cruzaba tierras pintadas en pos de mi amada Melisendra, flor entre cautivas, rosa de los reinos cristianos y faro de mis jornadas teatrales! No había misión más noble en este mundo –ni en aquel de detrás del telón– que representarla fielmente cada tarde, ante públicos que reían, suspiraban o comían higos sin respeto. Melisendra se asomaba al balcón de su torre moruna, yo galopaba con heroísmo sobre mi corcel firme (aunque rechinante), y los moros roncaban con sus turbantes torcidos y espadas de hojalata. Era el momento del grito consagrado: – ¡Aliento, Melisendra! ¡Gaiferos llega a salvarte! Y ella suspiraba, no tanto por amor como por falta de engrase. Todo transcurría con el orden preciso de las gestas bien contadas… hasta aquella tarde en Barcelona, cuando ocurrió lo indecible. Ya desde antes se notaba un aire distinto. Entre los presentes se encontraba un hombre de figura larga y gesto inflamado, con barba desordenada y mirada de estatua ofendida. Llevaba una espada colgada al costado y murmuraba entre dientes mientras contemplaba el retablo con reverencia y amenaza. A su lado, otro más bajo, redondo como panecillo mal cocido, lo seguía con la expresión de quien teme lo que ya sabe que ocurrirá. Luego estaba el mono. Sí, un mono sabio, con expresión de abad melancólico y modales de profeta. Paseaba sobre el hombro del lazarillo y hacía muecas como si ya conociera el desenlace. Dicen que podía adivinar el pasado de los hombres. El futuro, en cambio, lo dejaba para los valientes. A poco de iniciarse la función, cuando apenas yo había comenzado mi cabalgata gloriosa, el barbado se puso en pie, desenvainó su espada –una verdadera, con filo, peso y temblor–, alzó la voz y bramó: – ¡No consentiré yo que en mis días y en mi presencia se le haga superchería a tan famoso caballero y a tan atrevido enamorado como don Gaiferos! Al oír mi nombre en boca de semejante gigante, sentí –lo juro por mi barniz– un estremecimiento de tabla. ¡Por fin alguien reconocía mi valer, aunque fuese un loco! Y sin dar tiempo a más, añadió: – ¡Deteneos, mal nacida canalla, no le sigáis ni persigáis; si no, conmigo sois en la batalla! Y se lanzó sobre nosotros como un huracán sin libreto. ¡Ay del pobre moro de la izquierda, cuya cabeza rodó sin misericordia! El lazarillo soltó el tambor y huyó sin mirar atrás. Melisendra cayó del balcón con un crujido doloroso. Yo intenté interponerme, con nobleza, claro está, pero no fui rival para aquel caballero desencajado. Me lanzó por los aires como si aplastar muñecos fuera acto caballeresco. Siguió su cruzada: un tajo al burro de cartón, otro al castillo pintado, una estocada al tambor. El mono chilló, trepó al hombro del niño y se escondió en su capucha. El hombre redondo miraba espantado, sin saber si correr, intervenir o rezar. Desde el suelo, entre restos de almenas y piernas ajenas, comprendí mi destino. No era héroe de gesta, sino víctima colateral del idealismo de un lunático. Maese Pedro, al fin, me alzó con delicadeza. Tenía los ojos rojos y el corazón, creo, más astillado que yo. Me observó con resignación. –Gaiferos, hijo mío –dijo en voz baja–, esta tarde la gloria ha salido cara. Yo lo miré, o lo habría hecho si tuviera párpados, con dignidad de caballero vencido pero no humillado. Y así acabó la función, no con aplausos, sino con escombros. Sin embargo, en la noche silenciosa del baúl, mientras las cabezas rodaban despacio y las torres colapsadas se recostaban sobre tapices arrugados, Melisendra me buscó la mano, y escapamos juntos por una rendija del escenario. Porque incluso entre tablas partidas, monos sabios y amores de serrín, los caballeros sueñan, y a veces soñamos bien.
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"El Último Cabalgar de Don Quijote", de don Renato Alejandro Huerta Tapia. (segundo lugar)
En un otoño marchito, cuando las hojas parecían escribir epitafios en el aire, don Quijote, ya vencido por la cordura, languidecía en su lecho de La Mancha. Pero en lo más hondo de su alma, donde la razón apenas roza los bordes de la locura, un destello postrero titiló en su alma, como brasa que se niega a ser ceniza. —Sancho —murmuró el hidalgo, con los ojos clavados en una grieta del techo que le recordaba la cartografía de un reino que nunca existió—, esta noche cabalgaremos de nuevo. Sancho Panza le sujetó la mano con ternura, aunque su corazón titubeaba. Llevaba años amaneciendo antes que los gallos, midiendo el mundo por costumbres y medidas: la piedra del brocal que crujía siempre al mismo tiempo; el zurrón con pan duro, queso y una cebolla; los surcos del huerto como renglones que no admiten metáfora. Teresa contaba las monedas sobre la mesa de pino; él, al final de cada semana, guardaba el resto en una cajita de lata, oyendo su tintineo como quien escucha una lluvia pobre. Y, sin embargo, a veces, al atardecer, el olor a tomillo le traía de golpe una isla prometida, una noche de estrellas sin techo, la risa de su amo cabalgando contra molinos que eran algo más que viento. —Señor, ya no hay gigantes ni princesas que salvar. Hasta Rocinante ha entregado sus huesos a la tierra. —Y tras una pausa, añadió en voz baja—: O quizá… quizá soy yo el que ya no cree. Don Quijote giró el rostro y, por un instante, en su mirada brilló algo distinto: no locura, sino la claridad febril de un hombre convencido de una verdad que los demás no alcanzan. —No importa, amigo mío. Si ya no hay monstruos, los inventaremos. Y si no quedan injusticias, esta será la verdadera tragedia: que los hombres aprendan a vivir sin anhelar lo imposible. ¿Quieres tú, Sancho, resignarte a que la vida sea sólo arar la tierra y contar monedas? Sancho calló, pero se preguntó: ¿y si aquel sueño de su amo, tan absurdo, era más verdadero que el polvo y la rutina? Recordó los castillos ilusorios, las voces en los caminos, la temblorosa dignidad de Dulcinea. Y recordó también la última vez que rió sin cálculo, cuando el hambre y la esperanza eran una misma bestia mansa atada a un palo de luna. —Quizá tiene razón vuestra merced —dijo al fin—. Tal vez lo loco sea aceptar este mundo sin maravillas.
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"Don Quijote en la Alhambra de 1936", de don Miguel Ángel Rojas Pizarro. (tercer lugar)
Dicen que, en las noches sin luna, cuando el rumor del Darro acaricia las piedras milenarias, un caballero andante cruza las puertas de la Alhambra. No viste armadura reluciente ni lleva lanza al hombro; camina con paso lento, apoyado en un viejo estoque oxidado, como si viniera de muy lejos. Los guardias ya no lo ven, pero hay quienes aseguran que es Don Quijote de la Mancha, que ha regresado para defender a los que no tuvieron defensa. En aquel verano de 1936, la ciudad de Granada estaba vestida de miedo. Las campanas no repicaban para llamar a misa, sino para anunciar los bombardeos. En las colinas, la Alhambra, que tantas guerras había visto, se convirtió en testigo mudo de una tragedia nueva. No eran moros ni cristianos quienes se enfrentaban, sino hermanos. En las calles, las sombras se alargaban con nombres y apellidos: Blas Infante, María Silva “La Libertaria”, maestros y poetas. Entre ellos, un tal Federico, que escribía versos como quien abre ventanas al mundo. Don Quijote llegó en la madrugada, acompañado de Sancho que no parecía del todo convencido. —Mi señor —susurró el escudero—, ¿no es esta tierra de moros y de cuentos viejos? —Sancho —respondió el hidalgo—, las injusticias no caducan con los siglos; y si antaño se luchaba contra gigantes, hoy los gigantes llevan uniformes militares o dictan bandos políticos desde balcones de palacio. Recorrieron los patios de mármol, donde aún resonaban ecos de sultanes y princesas. Irving había escrito, cien años antes, sobre fantasmas caballerescos y tesoros ocultos. Pero esa noche, los fantasmas tenían rostros reales: El de una maestra que se negaba a abandonar su escuela, el de un jornalero que guardaba un libro como único bien, el de un muchacho que no entendía por qué su hermano había desaparecido. Don Quijote y Sancho atraviesan el patio central de la Alhambra y se topan con unos hombres que han colgado de un árbol solo por el pecado de pensar distinto, dejándolo allí como escarmiento. Al verlo, Don Quijote queda sobrecogido por la brutalidad de los hombres hacia sus semejantes y reflexiona sobre la injusticia y la falta de compasión que existe en el mundo. Esta escena tiene un tono sombrío y muestra la cara más dura de la sociedad, lejos de las aventuras caballerescas idealizadas. En el Patio de los Leones, Don Quijote habló con un anciano jardinero, que regaba las flores como si no hubiera guerra ni sufrimiento. —Caballero —dijo el anciano—, la Alhambra ha visto caer reinos, pero lo que ahora vivimos es más triste: Se mata no por defender la tierra, sino por callar las voces. —Entonces —respondió el hidalgo—, más necesario es empuñar la palabra que la espada. Sancho, siempre pragmático, recogió en su zurrón historias como quien guarda caramelos: La del niño que cruzó hasta Almería, la de la mujer que escondió a un poeta en su sótano como un topo, la del campesino que enterró libros para que no ardieran. En esas voces había algo de los romances viejos que su amo recitaba, pero con la urgencia amarga de lo que ocurre de verdad. Al amanecer, los cañones retumbaron en la lejanía. Don Quijote, erguido, miró hacia la ciudad. —Sancho —dijo con voz grave—, puede que hoy no derrotemos a estos gigantes, pero no olvides sus nombres. Algún día, otros caballeros, quizá sin armadura, vendrán a reclamar justicia. Y así, entre el rumor de las fuentes y el aroma del jazmín, el caballero y su escudero desaparecieron por la Puerta de la Justicia, dejando tras de sí un rastro de historias que ni las balas pudieron borrar. La Alhambra siguió en pie, como un libro abierto sobre la colina, recordando que los cuentos, cuando se llenan de verdad y de memoria, también son armas para defender la dignidad. Porque esa fue, y sigue siendo, la mayor enseñanza del caballero de la triste figura: No dejar nunca de soñar que es posible vivir en democracia, donde los hombres vuelvan a ser hermanos y la justicia no sea un ideal lejano, sino el pan de cada día.
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Fotografías de la Ceremonia
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